|
|
|
Obten la nota de prensa en PDF
Madrid, 8 de Junio de 2009 José María Calleja, periodista y escritor, presentará el próximo día 15 de Junio en
Burgos su nuevo libro, ‘El Valle de los Caídos’ (La génesis y la historia de un edificio
de cuya inauguración se cumple ahora medio siglo).
El Acto tendrá lugar en el Salón Rojo del Teatro Principal a las 20,00 horas. Acto
seguido el propio autor firmará ejemplares de su obra a todos los que lo deseen.
LUGAR: Salón Rojo del Teatro Principal de Burgos.
Dirección: Paseo del Espolón, s/n – 09003 Burgos.
DÍA Y HORA: Lunes 15 de Junio, 20.00 horas
Sobre el AUTOR:
José María Calleja es Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad
Complutense de Madrid, Licenciado en Historia por la Universidad de Valladolid y
profesor de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III, de
Madrid.
Es Redactor Jefe del canal de noticias CNN+, dónde actualmente dirige y presenta el
programa ‘El Debate’. Colabora en el diario ‘El País’, con ‘El Correo de Bilbao’ y el‘Diario Vasco de San Sebastián’. Además participa en programas como ‘59 Segundos’
de Televisión Española, ‘Espejo Público’ de Antena 3TV y en Onda Cero Radio. Ha
trabajado en la Agencia EFE y en Euskal Telebista, entre otros medios.
José María Calleja es Premio ‘Espasa’ de Ensayo en 2001. Ha recibido otros premios
y galardones por sus trabajos a favor de las víctimas del terrorismo. Entre otros
destacan el Premio a la ‘Convivencia’ de la Fundación Miguel Ángel Blanco y el premio‘Llama de la Libertad’, otorgado por los vecinos de Ermua.
Ha publicado una decena de libros. Autor del primer libro escrito en España sobre las
víctimas del terrorismo (‘La Derrota de ETA, de la primera a la última víctima’) y acaba
de publicar su última obra ‘El Valle de los Caídos’.
Acerca del Libro:
‘El Valle de los Caídos’ es un relato en piedra del franquismo. Recién terminada la
guerra, el general Franco se gastó una suma ingente de dinero para construir la basílica
que sería su propio mausoleo, rendir un homenaje a los suyos y abrochar con una
gigantesca cruz de 150 metros, su relato ganador de la Guerra Civil.
José María Calleja, autor con una larga trayectoria de investigación sobre las condiciones
políticas del franquismo nos ofrece en este ensayo una revisión sobre lo que supuso en el
momento de su inicio y en todo su desarrollo la construcción del Valle de los Caídos, como
monumento a los caídos en la “Cruzada” llevada a cabo por el bando nacional, como símbolo
ideológico de la España que el propio Franco proyectaba construir y como lugar de glorificación
a si mismo en vida y de homenaje póstumo y permanente en su muerte.
El día 1 de abril de 1940, al año justo del fin de la guerra, se publica el Decreto Ley para la
construcción del Valle de los Caídos. Las obras de construcción durarán casi veinte años,
hasta el día de su inauguración, el 1 de abril de 1959. José María Calleja nos ofrece en este
libro una historia de la construcción de este megalómano proyecto, en el contexto económico,
social y político de la España de la posguerra, devastada por la guerra y sometida a la
dictadura personal de un hombre obsesionado por la venganza.
Con una ingente y exhaustiva documentación, que incluye testimonios personales de notable
interés, Calleja nos presenta el relato cotidiano de la construcción, paralelamente al de la vida
cotidiana de los españoles, en medio de una penuria extrema y sometidos a brutal represión y
persecución política.
En el prólogo del historiador Julián Casanova, planea la cuestión central del libro; cuál es el
sentido de mantener el Valle de los Caídos, en la España actual, treinta años después de la
muerte del dictador, en las mismas condiciones en las que fue construido; como el símbolo del
franquismo que dominó durante cuarenta años la vida civil española. Si el hecho de que el
simbolismo que representa haya permanecido intacto, no significa que en nuestro país no se
ha llegado hasta el final en la revisión histórica necesaria de lo que, si bien no se puede
cambiar, si se debe conocer.
El Valle de los Caídos situado en el Valle de Guadarrama, construido por los penados del
bando republicano en condiciones de semiesclavitud representa, en su olvido, el olvido de una
parte de la historia: la que discurría en el país en esos mismos momentos, resultado no solo de
una guerra que asoló el país, sino también y más aún, resultado de la determinación de un
dictador por llevar hasta las últimas consecuencias su victoria, con el exterminio absoluto de los
supervivientes del bando contrario, la imposición de una visión ideológica y la creación de una
sociedad a su imagen y semejanza.
‘El Valle de los Caídos’
José María Calleja
“Más alto Muguruza, mas alto”. Con estas palabras, según el relato que José María Calleja nos
hace en este libro del proceso de construcción del Valle de los Caídos, definía Franco ante
Pedro Muguruza, arquitecto inicial del proyecto, cómo tenía que ser, hasta dónde había de
llegar la representación fundamental del régimen, en memoria de los caídos “Por Dios y por la
Patria”.
La construcción del Valle de los Caídos duró veinte años. Prácticamente desde el final mismo
de la Guerra Civil, hasta casi los años sesenta. Se inició la construcción en un país en el que la
población pasaba hambre. El hambre de la posguerra, de las cartillas de racionamiento, que
marcará toda la década de los cuarenta. Calleja nos aporta unos datos para poner en su
contexto económico lo que supondrá la construcción del monumento: el salario medio de los
españoles era en aquel momento inferior a diez pesetas diarias, la renta per cápita es ―
medida en pesetas de 1975 ― de 22.654 pesetas. Frente a estas cifras, las de la construcción
del Valle. Según Diego Méndez, arquitecto que concluyó la obra, el coste total, teniendo en
cuenta el flujo de la moneda desde 1940 a 1959, ascendió a 1.086.460.331 pesetas. Se ha
estimado que, en pesetas de 1975, serían 5.500 millones. En pesetas de 2008, daría la cifra
de 56.248,500 millones, que convertidas a los actuales euros darán la cantidad de 338,06
millones. 338,06 millones de euros invertidos en la construcción de un monumento de
dimensiones sobrehumanas, en medio de la miseria general.
Pero los datos numéricos, con ser impresionantes, no son los únicos datos que nos aporta el
autor sobre el contexto de la construcción del Valle con su inmensa basílica y su cruz de ciento
cincuenta metros. También en 1940 se publica en España la Ley de represión de la Masonería
y el Comunismo, y se ha promulgado en 1939 la de Responsabilidades Políticas. Estas dos
leyes sumada a la anteriormente mencionada de construcción del Valle, promulgadas en el
momento mismo de acceder Franco al poder, constituyen toda una “declaración de
intenciones”: la victoria será absoluta, será permanentemente recordada y se exigirán
responsabilidades políticas a los supervivientes del bando contrario. Supervivientes que en
miles de casos se verán obligados a trabajar precisamente en la construcción de la obra que
recuerde para siempre su exterminio. Ellos son la “anti-España”, los caídos que no merecen ser
recordados. Luis Carrero Blanco, heredero originario de Francisco Franco define claramente a
quiénes, qué victoria era la que conmemoraba el Valle; en sus propias palabras “una victoria,
pero no una victoria sobre unos adversarios políticos, como torcidas y amañadas
interpretaciones han pretendido hacer creer, sino una victoria de España contra los enemigos
de su independencia y de su Fe, únicos ideales cuya defensa justifica el máximo sacrificio de la
vida”. Asimismo Carrero Blanco dirá en otro momento “la guerra que los españoles hubimos de
sostener de 1936 a 1939 no fue en modo alguno una guerra civil, sino una guerra de liberación
del suelo patrio del dominio de una poder extranjero y, a la vez, una Cruzada en defensa de la
Fe Católica que ese poder quería desarraigar por ser doctrinariamente ateo”.
Volviendo a los datos numéricos, se calcula que entre 1939 y 1945 había en las cárceles
españolas trescientas mil personas recluidas por Franco por haber apoyado al régimen legítimo
de la República. La construcción del Valle de los Caídos servirá para aliviar la presión
demográfica que ejercían los presos enemigos de Franco dentro de las cárceles. El general
insurrecto, convertido “por la gracia de Dios” en legítimo gobernante, inventará el sistema de “redención de penas por el trabajo”, y aparecerá así la figura de los “presos-peones”. El 28 de mayo de 1937, Franco emitió el decreto 281 en el que concedía el derecho al trabajo “a los
prisioneros de guerra y presos por delitos no comunes” en determinadas circunstancias. Los
presos políticos que trabajaban como peones fuera de la cárcel cobraban un salario de dos
pesetas al día. De ellas se les descontaba una peseta y cincuenta céntimos en concepto de
manutención y “alojamiento”. Los cincuenta céntimos restantes se le entregaban en mano al
recluso-peón. Estos presos estaban sometidos al Código de Justicia Militar, es decir, podían
ser ajusticiados casi al instante, en cuanto sus jefes observaran el menor síntoma de
indisciplina. El decreto del 28 de mayo se ampliará con una orden de 7 de octubre de 1938 en
la que pone especial énfasis en la educación de los hijos de los presos “en el respeto a la Ley
de Dios y el amor a la Patria”. Asimismo, se plantea la necesidad de “ejercer cerca de los
reclusos una propaganda adecuada de carácter político y ciudadano, organizando grupos de
conferenciantes y aprobando previamente los temas de todos los órdenes que han de
desarrollarse en las conferencias.
La intención inicial de Franco, en la construcción del Valle de los Caídos, era la de dar
sepultura en él a los caídos del bando nacional, para que de esa manera se les pudiera rendir
homenaje y su sacrificio fuera eternamente recordado. Sin embargo, a tenor de lo que sucedió
después, parece muy improbable que los caídos allí enterrados hayan sido los de este bando.
De manera documentada nos expone José Mari Calleja como la mayoría de las familias de los
muertos del bando nacional se negaron a que sus restos fueran trasladados al Valle. Instado
un procedimiento para proceder a este traslado con el consentimiento de las familias, muy
pocas de ellas accedieron a que se realizara. Esta negativa incluye a los familiares de los
fusilados por el bando Republicano en Paracuellos del Jarama. De manera que el lugar
previsto para el enterramiento de miles de cuerpos, quedaba vacío. La solución final a este
problema se dará también a costa de los vencidos pues, en miles de casos, sus restos serán
exhumados de fosas comunes y trasladados al Valle, sin mediar consentimiento ni siquiera
información a los familiares. Como se trataba de de “rellenar” el lugar previsto como
enterramiento, los restos fueron trasladados e inhumados sin identificar, en condiciones que
hacen ahora prácticamente imposible su localización y exhumación. De las treinta y tres mil
ochocientas cuarenta y siete entradas de restos mortales registradas en el libro de difuntos del
Valle, se calcula que unos veinte mil están sin identificar. En algunos de los enterrados en el
Valle de los Caídos figuran las identidades completas, sus nombres, sus apellidos, su lugar de
nacimiento y las causas de su muerte. Pero en la inmensa mayoría o no hay datos que
permitan la identificación, o solo constan datos aislados como “pelirrojo”, “soldado”, “rojo”, “sin
identificar”.
Esta es la historia de la construcción del Valle de los Caídos y también un estudio histórico y
sociológico de la época en la que se desarrolla. Pero también es una reflexión acerca de la
necesidad de recordar los hechos que tuvieron tan abrumadoras consecuencias y, más allá del
mero recuerdo, ordenar la historia real de un periodo reciente de nuestro país. Otros países de
la órbita democrática lo han hecho, no sin dolor. Los campos de concentración que se
construyeron en la Alemania nazi, aún subsisten y pueden ser visitados tanto por los
supervivientes de aquellos hechos como por todo aquel que quiera conocer de cerca un
periodo, quizá el más negro, de la historia europea. José Mari Calleja plantea, en el capítulo
final del libro qué hacer con el Valle de los Caídos. Si es posible dejar subsistir sin más ni más
la más emblemática y sangrante representación del franquismo, neutramente, como si se
tratara de un dolmen prehistórico acerca del que nada se sabe. Yendo aún más lejos cabría
preguntarse por qué si se emplean recursos y esfuerzos, con todo el sentido, en conocer los
orígenes de un dolmen megalítico, pues forma parte de la historia de la humanidad, el Valle de
los Caídos, lugar que aportaría claves importantes para conocer la historia reciente de un país
europeo, yace en el olvido, detenido en el tiempo. La propia actitud hacia el monumento
construido en la posguerra española nos plantea una cuestión esencial: no se trata de lo que
ya se sabe en demasía, sino de lo que no se quiere saber. Y en tanto no se quiera saber, no es
posible el perdón, ni el olvido.
|
|
|